El punto de apoyo, de Kjell Askildsen

Publicado el 01/09/2011 en 18, periódico, Prosa de hoy, Sin categoría por Paréntesis

Hace unos meses vino a verme mi casero. Llamó tres veces a la puerta antes de que me diera tiempo a abrir, y eso que fui lo más rápidamente que pude. No podía saber que era él. Por aquí viene muy poca gente, casi todos miembros de sectas religiosas que me preguntan si estoy en paz con Dios. Me produce cierto placer, pero nunca les dejo pasar de la puerta, pues la gente que cree en la vida eterna no es racional, no se sabe lo que puede llegar a hacer. Pero esta vez era, como ya he dicho, el casero. Le había escrito hacía casi un año para informarle de que la barandilla de la escalera estaba rota, y pensé que venía por eso, así que le dejé entrar. Miró a su alrededor. «Vive usted bien aquí», dijo. Era una afirmación bastante tendenciosa, que me hizo ponerme a la defensiva. «La barandilla de la escalera está rota», dije. «Sí, ya lo he visto. ¿La rompió usted?» «No, ¿por qué yo?» «Supongo que es el único que la usa, porque, aparte de usted, solo vive gente joven en este portal, y no creo que se haya roto sola, ¿no?» Era obviamente una persona intratable y no quise entrar en ninguna discusión con él sobre cómo y por qué se estro- pean las cosas, de modo que dije escuetamente: «Como usted diga, pero yo necesito esa barandilla, estoy en mi derecho». No contestó nada a eso, a cambio, dijo que subiría el alquiler un veinte por ciento a partir del mes siguiente. «Otra vez ?dije?, y un veinte por ciento nada menos.» «Debería ser más ?contestó?, esta finca no produce más que pérdidas, pierdo dinero con ella.» Hace mucho que dejé de discutir de economía con personas que dicen perder dinero con algo de lo que podrían haberse desprendido hace treinta años, de modo que no dije nada. Pero no le hizo falta argumento alguno para seguir con el tema, es de ese tipo de personas que funcionan solas. Se puso a disertar sobre todas las demás fincas que también daban pérdidas, resultaba lamentable escucharle, debía de ser un capitalista muy pobre. Pero no dije que se haya roto sola, ¿no?» Era obviamente una persona intratable y no quise entrar en ninguna discusión con él sobre cómo y por qué se estro- pean las cosas, de modo que dije escuetamente: «Como usted diga, pero yo necesito esa barandilla, estoy en mi derecho». No contestó nada a eso, a cambio, dijo que subiría el alquiler un veinte por ciento a partir del mes siguiente. «Otra vez ?dije?, y un veinte por ciento nada menos.» «Debería ser más ?contestó?, esta finca no produce más que pérdidas, pierdo dinero con ella.» Hace mucho que dejé de discutir de economía con personas que dicen perder dinero con algo de lo que podrían haberse desprendido hace treinta años, de modo que no dije nada. Pero no le hizo falta argumento alguno para seguir con el tema, es de ese tipo de personas que funcionan solas. Se puso a disertar sobre todas las demás fincas que también daban pérdidas, resultaba lamentable escucharle, debía de ser un capitalista muy pobre. Pero no dije impaciente?, vaya lata que está dando con la barandilla.» Me pareció muy mal que dijera eso y me irrité. «Pero ¿no entiende usted ?dije?, que en algunas ocasiones esa barandilla es mi punto de apoyo en la vida?» Me arrepentí nada más haber- lo dicho, pues las formulaciones precisas deben reservarse para personas reflexivas, si no, pueden surgir complicaciones. Y surgieron complicaciones. No tengo fuerzas para repetir lo que me dijo, pero en su mayor parte trataba del más allá. Al final añadió algo sobre estar con un pie en la tumba, se estaba refiriendo a mí, y entonces me enfadé. «Deje ya de molestarme con su economía», le dije, porque en realidad era de lo que se trataba. Como no se disponía a marcharse, me permití dar un golpe en el suelo con el bastón. Entonces se marchó. Fue un alivio, me sentí contento y libre durante unos cuantos minutos, y recuerdo que me dije a mí mismo, para mis adentros, claro: «No te rindas, Thomas, no te rindas».

 

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