La sombra del espejo

de Javier Juárez Acero

Enrolla su primer cigarrillo, observa que nadie está asomado en el edificio contiguo, lo enciende y da su primera calada. Tose un poco y luego se va acostumbrando poco a poco. Por el salón vacío, corre una sombra dando puntillas a la luz del día. Sorprendido, deja el cigarrillo en el cenicero y va hacia donde fue la sombra, a las habitaciones. Una brizna de aire frío corre por su nuca, siente escalofríos. El susurro cerca de su oído lo asusta e inmediatamente mira hacia atrás y no ve a nadie. La sombra se asoma al espejo del pasillo. Al verlo, se queda paralizado. Ella desaparece dejando en el espejo unas palabras escritas con vaho: Ayúdame.

Como lobos

de Montaña Campón

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Quiso que la tierra le tragase cuando descubrió al vecino junto a los contenedores que frecuentaba en busca de comida. Cuando el otro empezó a hurgar en la basura no dudó en hacer valer su territorialidad sobre aquel estercolero.

Podría ser peor

de Manuel Montesinos
Finalista del mes de marzo 2012, “Relatos en cadena” de la SER.

―Que se arrime un poco más al borde de la cama, joder. Así no hay quien duerma.
―Ni hablar, para moverse tendría que quitarse antes el pie de Elena de la cara.
―A mí que no me toque nadie. Si me rozáis, acabaré con medio cuerpo sobre Esteban que con lo ligero que tiene el sueño y su mal carácter, nos hará pasar una noche de perros si lo despertamos.
―Os estoy oyendo, ni os mováis, nos ha costado mucho coger la postura.
―Al final me desveláis al bebé.
―¿De verdad que mañana vienen más?
―Sí, pero el casero ha dicho que intentará poner otro colchón.

Consuelo de familia

de Rubén Rojas

cita paroAntes de que papá llegue, queremos tenerlo todo listo. A Dieguito le hemos borrado las matrículas de su certificado académico. A Santi le pedimos que volviera de Harvard y se tirara en el sofá, que hiciera de fracasado, que eructara. Mamá, que libraba en el bufete, ha quemado la comida y se ha puesto un vestido barato pasado de moda. Yo he pedido un día en el laboratorio e intentaré, en la medida de lo posible, parecer un idiota. Cualquier detalle puede ayudar a papá a sentirse mejor cuando llegue, otro mes más, de sellar el paro.

 

Sin escrúpulos

de Miguel Ángel Molina López

Arrastra su carrito en dirección al mercado, ajena a las prisas de los demás por regresar a casa. Nada más llegar inicia su ritual diario de comprobar puesto por puesto la mercancía que aún queda por vender. Ya no le importa si la fruta es de temporada o si los tomates o el pescado están por las nubes. Actualmente sus prioridades son otras.

caducida

Tras repasar todos los puestos sale y se sienta a esperar. Paradójicamente cuando echan el cierre es cuando comienza a seleccionar su cena. Caducado, pocho o defectuoso son palabras que dejaron de tener significado para ella.

De camino al trabajo

de Paz Monserrat Revillo

Me mira. Todos los días. Cuando salgo del tren y paso por delante del edificio de camino al trabajo. Desde la terraza del primer piso. Fijamente. Como si buscara a alguien.

No hay cortinas y la puerta de la terraza está abierta. Pienso en el frío que estará pasando ahí afuera. Dan ganas de subir a abrazarle. Asoma medio cuerpo desmadejado y sarnoso por encima de la barandilla y mira a la calle, como trastornado. Adentro solo hay paredes enmarcadas en aluminio. Me imagino la secuencia: primero notifican, luego vacían, después vienen los del banco a cerrar. Como no saben qué hacer con semejante animal lo retiran de en medio para poder limpiar mejor. El oso es más grande que ellos. Cargan su peso muerto y lo arrojan a la terraza que da a la calle de la estación. Abajo, sentados en el alféizar de una ventana del bar, pasan el día los taxistas esperando un cliente y haciendo bromas con la chica guapa que siempre les acompaña. En la otra esquina un par de jubilados reparten folletos con ilustraciones del  reino de Dios y rebaños de corderos.

por George Hodan: Viejo osito de peluche por George Hodan

por George Hodan: Viejo osito de peluche

El descomunal oso de peluche intenta llamar la atención con sus brazos abiertos en una contorsión que recuerda una súplica. Pero todos aparentamos que no pasa nada, que no vemos al enorme peluche de tómbola ni oímos su grito silencioso y naranja.

Dos sin título

de  Eduardo Cruz Acillona

 

#1

Estaba harto de comer todos los días en el mismo restaurante, rodeado siempre de la misma gente rara, y de que su padre le dijera que no podían permitirse el lujo de comer en casa.

Wikifoto

Wikifoto

#3

Cuando nuestros mayordomos empezaron a servir el Beluga en platos de postre, supe que había llegado la crisis a palacio.

Felicitación (IV)

Düsseldorf, 16 de marzo de 2013

Querido Rafael:

Por fin he tenido una alegría; la necesitaba desde hacía tiempo. ¿Quieres que te cuente a qué se debe?
Hace dos semanas (los lunes por la tarde libramos en el trabajo), junto a mi compañero de piso, Argus Márkaris, caminamos bajo la lluvia hasta una calle angosta y poco iluminada, detrás de la estación del ferrocarril. Refugiados bajo el pequeño paraguas de Argus llegamos con los hombros empapados a un antiguo club de baile que él conocía, el Die Ecke der Leidenschaft. Sobre el umbral de la fachada, una pareja diseñada con tubos de neón celeste repetía invariablemente tres pasos de baile. En la semioscuridad del interior olía a una mezcla avinagrada de cerveza y maquillaje barato. A la izquierda, alrededor de unos veladores de mármol, estaban sentadas quince o veinte mujeres, quizá jubiladas o viudas; en el lado opuesto, acodados en la barra y simulando aplomo, ocho o diez jóvenes, sin duda inmigrantes, esperaban ser elegidos para bailar. En el centro, sobre la reducida pista redonda, dos parejas se movían torpemente al compás de Que c’est triste Venice, apretándose bajo los lunares blancos de luz que desprendía una bola espejada colgada del techo.
La señora Angelika Schulz, una bávara más alta que yo y el doble de ancha, sabía suficiente español. Mientras bailábamos me contó que había convivido once años con Eduardo, un comunista valenciano y exiliado, que prefirió permanecer junto a ella en Düseldorf hasta que una mañana, abstraído en la lectura del Mundo Obrero, un autobús lo aplastó en la Carlsplatz. En ese tiempo, y durante sus vacaciones en Alicante, Eduardo la convirtió en una devota de Lenin. Cuando yo le detallé que trabajaba en el Hotel Konditorei, que el banco me había desahuciado y que desde hacía un mes mi madre descansaba en la eternidad, a la señora Schulz le resbalaron dos espesos lagrimones como carámbanos caídos desde los aleros de sus pestañas postizas. No había terminado Gloria Lasso con su Bésame mucho cuando la señora Schulz se separó bruscamente unos centímetros de mí; levantó el puño derecho por encima de su cabeza rubia platino y exclamó solemnemente: «¡Viva la Revolución, viva España y viva mi novio!» Cuando salimos del Die Ecke der Leidenschaft hacía frío; le tiritaba la barbilla y yo le ofrecí mi chaqueta para que no se resfriara.
Desde que la señora Schulz determinó que fuese su novio, las cosas me han ido mejor: los domingos por la tarde voy a su casa y me quedo a dormir; llevo impecables los cuellos de las camisas y la raya de mi pantalón azul marino; como Eisbein (riquísimo codillo de cerdo asado) y Strudel, una tarta celestial de manzana que la señora Schulz me ofrece acompañándola con un guiño picarón: «Para que te pongas fuerte y bravo», me dice.
Aprendo, querido Rafael, cosas insospechadas; por ejemplo, respecto al sexo. A pesar de su corpulencia y sin previo aviso, la señora Schulz puede dar un salto olímpico sobre la cama, girar en el aire y posarse otra vez a cuatro patas: es su señal para invitarme a que me adentre… Pero estas son cosas que un caballero debe callar. Aunque no me resistiré a confesarte que sólo alcanza su frenético apogeo cuando fija la mirada en el enorme póster clavado en la pared, sobre el cabecero: en él (es obvio que después de un trucaje de imprenta) aparece Lenin estrechando amigablemente la mano a Eduardo. Después me ovillo y cobijo entre sus brazos como un pingüino bajo el cuerpo de su madre: me envuelve la serenidad de los anocheceres de Málaga y una espesa somnolencia de miel.
La señora Schulz me ha regalado la biblioteca de su difunto. Cuenta con unos doscientos tomos y otras tantas revistas que leo sin orden y con avidez: Marx, Marta Heinneker, ‘Playboy’, Althusser, Kafka, viñetas de Mafalda… Aprendo, querido Rafael, cosas que hasta ahora eran insospechadas para mí.

Un abrazo.

Hiperrealismo

de Manu Espada

Junto a la farola se agolpan nueve hombres. Cuatro de ellos tienen las corbatas raídas y los pantalones remendados. Los otros cinco van en mangas de camisa. Rotas. En la farola de al lado hay otra decena de hombres. Fuman un cigarrillo. El mismo cigarrillo. Se lo van pasando. La plaza está llena de farolas apagadas. Cientos de hombres se apoyan en ellas. En círculos concéntricos. Apenas hablan. Fuman y esperan. Al amanecer aparecen diez camiones con la pintura desconchada. Los hombres se ponen de pie y corren hacia ellos. Se empujan. Algunos caen al suelo. Se pisan. Los más fuertes llegan los primeros. Del primer camión se baja un individuo.

—¡Silencio! —grita mientras saca un iPad de su chaqueta. La multitud intenta abrirse paso.

—¡Dos ingenieros nucleares! —vocea mientras decenas de personas levantan la mano.

—¡Tú y tú! —señala a dos individuos. Se suben al camión y prosigue con la selección.

—¡Catorce licenciados en Química! ¡Nueve astrofísicos! ¡Doce doctores en Filología Alemana! ¡Cuatro actores de reparto! ¡Quince informáticos! —acaba de leer la lista y se la guarda en el bolsillo.

 —¡Y un filósofo! —dice para finalizar. Nadie levanta la mano. Entonces, los seleccionados se suben al vehículo, que arranca y se va a toda prisa. A continuación, un hombre sale del segundo camión con un NetBook. La masa se abre paso hasta él a empujones.

Pequeños detalles

de Gatoto

Bueno, parece que esto empieza a hacer efecto. Cuando el de la farmacia me recomendó estas pastillas no me lo podía creer, me sonaba a ciencia ficción, pero ahora no; ahora que empiezo a notar los primeros cambios en mi cuerpo, creo que conseguiré lo que me propuse hace unos meses. Estas pastillas son impresionantes, cada vez me siento más pequeño, me miro en el espejo y mido la mitad que hace unas horas, voy decreciendo por segundos. Al fin he resuelto mi problema de espacio, he encontrado la respuesta a mi necesidad de habitar una vivienda digna. Ahora con mis 10 cm de altura quepo perfectamente en la casa de muñecas que me compré hace un mes; una preciosa mansión victoriana a escala y equipada con los últimos avances tecnológicos.

El increíble hombre menguante (Escena de la película)

El increíble hombre menguante (Escena de la película)