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José Luis Sampedro (II)

Posted on 01/02/2009 in 7, Entrevista, periódico by Lola Lorente

José Luis Sampedro

Esta entrevista es continuación de la iniciada en el número anterior de este periódico.

“No es posible establecer barreras entre la obra y la vida de un escritor sincero”, ha dicho usted. Sin embargo, muchas personas que comienzan a escribir temen ser reconocidas en sus textos. ¿Qué les diría?

Hay que distinguir entre la verdad literaria y la verdad histórica. Yo afirmo siempre que todas mis novelas son autobiográficas, pero no son históricas, porque hay una diferencia radical entre escribir lo que se vive y vivir lo que se escribe. Cuando se escribe lo que se vive, las memorias pueden ser más o menos variadas, pero es la propia vida. En el otro sistema, uno pone su propia vida a través del filtro inventado. Es decir, cuando escribo acerca de un ganchero, me siento ganchero, pero no es lo contrario. Nunca he sido ganchero en la Sierra de Cuenca, ni sirena en el Mar Egeo.
Para mí, lo autobiográfico es vivir lo que se está escribiendo. Si yo cuento que en un hotel entran unos viajeros y hablan con el conserje, tengo que ser el conserje, no porque alguna vez haya sido conserje (no lo fui nunca), sino porque sólo desde él puedo contarlo. Lo autobiográfico no quiere decir lo histórico, porque la verdad de cada uno está en sus imaginaciones e invenciones tanto o más que en sus hechos. Lo que uno inventa es lo que ha querido que pase y, a lo mejor, no pasó, pero es igualmente verdad.
Si alguien tiene miedo de ser reconocido al escribir, pues que no lo escriba. Yo no sé qué habrán pensado de mí algunos de los lectores de El amante lesbiano, ¿verdad? Me tiene sin cuidado, que piensen lo que quieran. Aunque no debe estar mal ser lesbiano. Uno le da vueltas al asunto…, pero bueno, ya es un poco tarde.

La aceptación o no de su obra por parte del público, ¿afecta a su escritura?

La aceptación afecta a la obra en el sentido de estimularla, no en el sentido de que, cuando me pongo a escribir, esté pensando en su aceptación en el mercado. Durante 40 años fui poco conocido. Mi primera novela la publiqué en el 48 y empecé a ser conocido con Octubre, Octubre y La sonrisa etrusca, en los ochenta. Escribir es una cosa muy seria, aunque a veces la gente no se dé cuenta, y nunca quise estar presionado por un editor que me recordara una fecha de entrega. Yo no dejo un libro mientras creo que lo puedo mejorar. He publicado lo que tenía ganas de escribir sin pensar si vendería o no, y he tenido la satisfacción de que la gente hable con cariño y entusiasmo de mis libros. ¿Qué más voy a pedir?

¿Tiene algún sentido escribir si no se piensa publicar?

Investigar en vidas ajenas en una novela es igual que indagar en uno mismo, de modo que comprendo que algunos escritores no publiquen. Yo tengo escritos que no he publicado; por ejemplo, un buen puñado de poemas.
Pero, en el fondo, se escribe hacia fuera, ¿verdad? Uno echa la botella al mar, y la echará muy lacrada y todo lo que usted quiera, pero la echa, y cuando alguien la coge, te pone muy contento. Diez o doce años después de publicar Congreso en Estocolmo, entro en una farmacia de Tenerife y el farmacéutico me habla del libro, que le había gustado, sobre todo “aquello tan bonito de la muerte de la abeja”; una abeja que se tambalea sobre un libro y muere. Era un episodio sin trascendencia, pero yo había puesto ahí todo mi interés. Era la melancolía de la muerte, de la desaparición de la vida. Y me puse muy contento de que aquel hombre hubiese reparado en ello. Sentirse en contacto con otras personas te hace muy feliz.
Quien empieza a escribir debe descubrir su propio camino y no pensar en lo que se vende y va a gustar o no. Debe pensar en lo que tiene necesidad de decir, porque esa fuerza moverá el texto. Yo me he pasado 40 años escribiendo sin ninguna nombradía. Pues muy bien. Y ahora mismo trabajo muchísimo, y me cuesta físicamente, pero estoy encantado de hacerlo.

José Luis SampedroEn Escribir es vivir no profundizó en su método para corregir textos. ¿Cómo mejora sus libros?

Corrijo mis libros, sí, pero no crea que lo hago buscando florituras. Eso nunca me ha preocupado. Entre lo que pienso y lo que recibe el lector siempre hay una pérdida. Como los ruidos de la informática, de los que hablan los comunicadores, también hay ruidos impidiendo que todo lo pensado le llegue al lector. En parte, depende de mi manera de transcribirlo al texto. Ahí es donde corrijo, porque yo no puedo actuar sobre las interpretaciones del lector, pero sí sobre el paso de mi mente al papel. Cuando releo lo que he escrito de primera mano, no digo todo lo que quiero decir, y hago correcciones, pero no por ser estilista, sino por ser expresivo.
Se puede escribir por entretenimiento, ingenio u otras muchas razones, pero para mí lo que es importante en el arte es que sea una revelación. Cuando el arte revela, es una vía de conocimiento tan importante como la ciencia. Andamos siempre con la ciencia, y tiene sus valores objetivos, pero la intuición y la visión poética tienen un valor diferente, una capacidad de creación que se impone a lo anterior. Cuando un poeta logra la forma más avanzada y mejor hecha, ganamos todos.
En la primera parte del trabajo, tomo notas en una libretita. Poco a poco, la idea va cuajando y, entonces, la escribo. Yo he escrito muchísimo a máquina. He reescrito cada novela un promedio de 3 o 4 veces. Las construyo por destilaciones sucesivas. Cuando terminé la cuarta versión de Octubre, Octubre, apilé los folios de todas las versiones, los medí y le dije a mi mujer: “mira, 1 metro y 26 centímetros de altura”.

A quienes empiezan a escribir, ¿qué les sugeriría?

Leer todo lo que puedan, sobre todo, buenos autores. Viendo qué hacen ellos, van descubriendo su propio camino porque, dentro de los grandes autores, a todos nos gustan más unos que otros, y ahí descubrimos qué es lo más personal. Cuanto más personal sea lo que se escribe, mejor. De modo que, primero, a enriquecerse con la lectura, y también con la observación y la vida. Y segundo que, al escribir, se crea lo que está escribiendo, porque si no, será muy difícil que lo crea el lector. Cuando se miente, hay que hacerlo con convicción.

¿Y las prisas de algunos jóvenes por escribir “su” novela?

La novela es un arte de viejos o, por lo menos, de personas maduras. Hay poetas que han muerto muy jóvenes (Garcilaso, Keats,…) y han dejado una obra maravillosa y única, pero son pocos los novelistas grandes que hayan muerto jóvenes (como Kafka, por ejemplo). Aunque se alabe mucho el ingenio, yo estimo más el genio, que es la captación de la realidad profunda. La ocurrencia, la gracia, la agudeza, la finura o la captación de un detalle están muy bien, pero la visión de un mundo, como cuando Tolstoi escribe Guerra y Paz, es otra cosa. Eso es un universo. O Balzac. O Galdós, con todo lo que quieran meterse con él. El genio es la grandeza.

My blueberry nights

Posted on 01/02/2009 in 7, Cine, periódico by Plácido García

Todo tiene una razón —argumenta Elizabeth desde la barra del bar.
Es como esas tartas —dice Jeremy mientras abre la vitrina—. Al final de cada noche, la de queso y la de manzana se han acabado. La de durazno y la de mousse de chocolate están casi terminadas. Pero siempre queda una tarta de arándanos sin tocar.
¿Y qué hay de malo en la tarta de arándanos?
No tiene nada de malo. Sólo que la gente elige otras cosas. No puedes culpar a la tarta de arándanos. Simplemente nadie la quiere —Jeremy está a punto de volcarla en la basura.
¡Espera! Quiero una porción.
¿Con helado? —al ver que Elizabeth asiente, sonríe—. Déjame a mí.

Igual que se funde el helado de vainilla con la tarta, se funden mis anhelos –esos que creía enfriados para siempre– con los deseos de los personajes de My blueberry nights, hasta el punto de convencerme de que la vida merece ser vivida, aunque a veces se elija el camino más largo. ¿Acaso hay alguno recto?
Sueño que estoy dormida sobre el mostrador de un café y en la comisura de los labios tengo unos restos de tarta de arándanos que el hermoso Jeremy duda entre limpiar con el dedo o mediante un beso lento. Desde el primer roce saboreo que él haya sabido elegir. Es un sueño recurrente por más que sepa que no soy la única persona a quien esta escena de la película se le cuela por las noches entre las sábanas de la cama, aireándola. Y es que Jeremy (un Jude Law más atractivo que nunca) y Elizabeth (la protagonista, interpretada por la excepcional cantante Norah Jones) son de esos personajes que se quedan grabados porque fueron escritos con mucho cariño y honradez.
También son memorables los planos a través de los ventanales con neones, el vaho de las respiraciones en las frías noches de Nueva York y las dos historias desgarradas a las que la protagonista asiste como testigo y alumna. Historias que se anticipan desde el principio a través de una metáfora con un frasco lleno de llaveros abandonados que Jeremy guarda.
El cineasta chino Wong Kar Wai (autor de In the mood for love y 2046) no ha podido comenzar mejor su andadura profesional en Estados Unidos. Con My blueberry nights, Wong nos recuerda que todavía es posible producir una historia sin trucos en un mercado inundado de cine tramposo.

El libro vacío / Los años falsos, de Josefina Vicens

Posted on 01/02/2009 in 7, Crítica, periódico by Antonio Almansa

A la mejicana Josefina Vicens (1911-1988) le ocurrió igual que a su compatriota Juan Rulfo: sólo publicaron dos libros cada uno, pero les bastaron para convertirse en maestros de la literatura contemporánea en castellano.
El Fondo de Cultura acertó, en 2006, al reeditar juntas las dos novelas cortas (largas en emociones) de Josefina Vicens. Si Los años falsos (1982) es extraordinaria, El libro vacío (1958) cuenta, además, con la admiración de generaciones de escritores al narrar magistralmente el proceso de creación literaria –sus angustias y placeres–, a través del protagonista masculino, José García, un hombre de vida mediocre y talento limitado, obsesionado por escribir una novela.
Para acercarse a la personalidad de Josefina me parece oportuno transcribir la respuesta a la pregunta que, allá por los años 60, le hizo un periodista sobre la justificación de la escritura y la relación de la autora con la creatividad. Vicens respondió: “Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre, se prolongan hasta el punto de mi pluma. En la frente siento un golpe caliente y acompasado. Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco toda, me uso toda; no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra. En el trazo de esa primera palabra pongo una especie de sensualidad: dibujo la mayúscula, la remarco en sus bordes, la adorno. Esa sensualidad caligráfica, después me doy cuenta, no es más que la forma de retrasar el momento de decir algo, porque no sé qué es ese algo; pero el placer de ese instante total, lleno de júbilo, de posibilidades y de fe en mí misma, no logra enturbiarlo ni la desesperanza que me invade después”.
Todos los que han decidido escribir, así como la mayoría de lectores sensibles, se sentirán comprendidos y agradecidos a Josefina Vicens; una bartleby –huidiza e inquietante– que nuestro admirado Enrique Vila-Matas se olvidó de incluir en sus listados y que, como Marguerite Duras o Clarice Lispector, no se conforman con escribir excelentes novelas; también nos cuentan su manera de sufrirlas y gozarlas. Cuando acaben de leer esta reseña (o mejor, antes) vayan a comprar el libro.

Sin destinatario

Posted on 01/02/2009 in 7, periódico, Taller de escritura by Rafael Caumel

Las pasadas navidades nos encontramos una vez más con tres tipos de felicitaciones en la bandeja de entrada de nuestro correo electrónico. Ordenadas de mayor a menor volumen fueron:
a) Presentaciones powerpoint, repletas de motivos cursis y proclamas infumables (los desocupados que se dedican a difundir estos engendros son legión).
b) Correos al por mayor (el remitente se ha molestado en escribir un mensaje, pero su intención es generalista para usarlo con todos sus contactos).
c) Mensajes personales.
En los dos primeros casos no existe un deseo auténtico de comunicación. Un mensaje que no considera a quien lo recibe desvela pronto su precariedad: no tiene destinatario. Quien lo envía, o no tiene nada que decir, o no está interesado en transmitirlo. Y llega a resultar insoportable cuando al remitente le gusta demasiado oírse.
Tal vez recordemos aquella clase del colegio en la que se hablaba de emisor, mensaje y receptor (en mi caso, el recuerdo viene asociado a los rizos, del color de las mazorcas en verano, de la chica de delante). Si alguien aspira a transmitir un mensaje a otra persona, deberá pensar en adecuarlo al receptor para que la comunicación tenga más posibilidades de éxito. Por algo no le pedimos cuarto y mitad de bombillas al carnicero ni escribimos este periódico en tagalo.
La mayoría de los errores del escritor principiante provienen de desentenderse del lector. Es necesario preguntarse a quién va dirigido un texto, o a quién le cuenta la historia el narrador. La persona que escribe está obligada a hacerse comprender aun cuando el ejercicio sea privado, como en el caso de un diario, si es que busca entender y entenderse. «En el proceso de escribir o pensar sobre uno mismo, uno se convierte en otro», dice Paul Auster. Incluso en este caso existe, además del emisor, un receptor al que tratar con generosidad.

Cuando te quedas en blanco

Posted on 01/02/2009 in 7, Escritura y Psicoanálisis, periódico by Emilio Mármol

Entre las experiencias más cotidianas –podríamos decir, más propiamente, humanas– que tienen una especial relevancia, en los creadores en general y por ende en los que quieren explorar el territorio de la escritura, está el fenómeno a todos familiar y no por eso menos enigmático y molesto de “quedarse en blanco”. Es un fenómeno que tiene múltiples modalidades y formas subjetivas. No pretendo ser exhaustivo en ellas; solo marcar alguna que, por su especial crudeza afectiva, merezca poner en consideración para quien pueda ser de utilidad.
Allí donde en otro momento, por lo común inesperado, fluían ideas y expresiones a raudales, ingeniosas o llenas de intención, metáforas chispeantes, temas y tramas para decir, de pronto se torna en sequía extrema, pertinaz mudez, una muralla inexpugnable. La desazón entonces surge, no menos que la desesperación o la decepción. La conclusión más habitual suele ser el abandono del intento, influido por la sensación de desánimo y frustración. La impotencia se hace dueña de nuestro sentimiento. Desaparecido el “dominio” sobre el proceso creativo, ante nosotros mismos aparecemos como insignificantes pretenciosos, ineficaces ambiciosos, incapaces de realizar nada satisfactorio, abandonados de la “musa”, proscritos de los prometedores frutos del éxito.
De esta penosa experiencia tenemos el reverso: la búsqueda afanosa de cualquier espacio blanco para escribir lo que se nos viene, lo que quiere expresarse a través del creador que encarnas en ese momento (que podría irse).
Quedarse en blanco es un escollo a resolver por los escritores y sabemos que la solución apropiada no se puede prescribir. El proceso creativo –“sublimatorio”, tenemos el gusto de llamarlo en psicoanálisis– te confronta a un vacío, un “blanco” ante el que no cabe ceder y cuya solución es signo inequívoco de que estás en una vía de producción verdadera.

El vuelo de Yardbird

Posted on 01/02/2009 in 7, Música, periódico by Jorge Rosa

Al final de la década de los treinta, Kansas City era la ciudad de Tom Pendergast, un mafioso metido a alcalde con una gran afición al jazz. Debido a eso y a sus turbios negocios, esta Gomorra era un hervidero de clubs donde no se cerraba de noche y en los que libremente circulaban el alcohol y todo tipo de estupefacientes con los que muchachos de barrios humildes se familiarizaban a muy temprana edad, y al que acudían primeras figuras del swing de aquella época. En uno de esos barrios, muy cerca del Reno Club, creció Charles Christopher Parker Jr. Sus primeros contactos con la música fueron tocando la tuba barítono en el College Lincoln. Debemos agradecerle a su madre que ese instrumento no le pareciera el más apropiado para el joven Charlie y a los once años le comprara su primer saxo alto, del que años más tarde se convertiría en su mejor intérprete. En aquellos tiempos Charlie dormía poco, pasaba gran parte de las noches escuchando desde la puerta de los locales –por su edad no le dejaban entrar– a los músicos que veneraba, como Art Tatum, Lester Young o Count Basie. El resto del día lo dedicaba a practicar metódicamente el saxofón, llegando a lograr una técnica de elevadísimo nivel. Escuchar, imitar y extrapolar continuamente los conceptos musicales de sus maestros de cabecera le proporcionaron la plataforma para alzar el vuelo y elevarse a una posición desde la que contemplar, en su conjunto, la música popular de su país en aquella primera mitad del siglo XX. En 1939 viajó a Nueva York, durante unos años en los que en una sola calle, la 52, había más de una docena de locales –entre ellos el Birdland, después en su honor– en los que un grupo bien nutrido de músicos de jazz peregrinaban de uno a otro en una especie de circuito en el que los artistas con cierta afinidad musical se reunían y alternaban informalmente para tocar en las llamadas Jam Sessions; este contacto supuso una oportunidad para el enriquecimiento artístico de muchos músicos, entre ellos Parker.
Al observar su corta vida, da la sensación de que a Yardbird no le hizo falta mucha más; condensó en poco tiempo lo que algunos no logran aun viviendo cien años. Se casó a los quince, a los diecisiete ya era padre, a los diecinueve se divorció y desde los veinticuatro a los treinta y tres hizo su mejor música. A pesar del mito de su vida descontrolada y esquizofrénica por el abuso de las drogas, en el escenario mostraba una gran dignidad: erguido, los pies ligeramente separados, los codos pegados al torso, como una figura de mármol de cuyo rostro no escapaba ni una señal. Mientras tocaba, quizá su mente estaba en algún lugar donde la pura creación artística era la protagonista.
Charlie Parker no hizo una revolución musical, pero evolucionó hasta tal punto el swing, esa música que tanto amaba y conocía, que los músicos a partir de entonces, independientemente del instrumento, tuvieron que tocar de otra manera; aprovechar la libertad que les proporcionó el vuelo de Parker, libertad para afrontar lo que a partir de 1950 ha sido y es él: la cueva de la alquimia del Jazz contemporáneo.

Libro recomendado: El perseguidor y otros relatos, Julio Cortázar
Disco recomendado: Bird & Diz (Verve, 1986)
Película: Bird, de Clint Eastwood (1988)

En el café Hafa

Posted on 01/02/2009 in 7, periódico, Viajes by Rafael Caumel

Como no tienen cerveza, pido otro té verde mientras sigo contemplando el Estrecho. Al fin y al cabo, una vez en el ferry, en unas 3 horas podría estirarme en el sofá de casa. Ni el azul oscuro de las aguas crispadas ni la cualidad brumosa de las montañas del fondo pueden desmentir este cálculo. Sin embargo, me parece estar al otro lado del mundo.
Llegué a Tánger dispuesto a encontrar la memoria, impresa esta vez en paredes, plazas y bares, de algunos de los muchos escritores que pasaron por aquí. Estuvieron tomando copas en este mismo café, en el café de París o a la sombra del patio del hotel Minzah. Entonces servían alcohol en todas partes.
Pregunté por Chukri, Bowles, Burroughs. Pero la gente olvida pronto. O tal vez nunca supo. Sólo en la librería des Colonnes supieron darme indicaciones precisas de lo que buscaba, y así pude encontrar la puerta cerrada de la casa abandonada de Chukri, y subí la escalera sin luz que lleva a las cinco cerraduras del piso de Bowles, y sólo llegué hasta el portal del hotel donde Burroughs escribió El almuerzo desnudo; no tuve valor para enfrentarme a más abandonos.
Aquí el tiempo pasa con lentitud eficiente y en pocos días enfermas de añoranza de lo que nunca viviste. (La época de esplendor acabó antes de que yo naciera. Fue otra ciudad la que atrajo a Eugène Delacroix, Henri Matisse, James McBey, Gertrude Stein, Samuel Beckett, Truman Capote, Jean Genet, Tennessee Williams).
Antes de venir, escuché a alguien valorar la decadencia como un atributo estético. Creo saber a qué se refería. Hay un extraño placer en la frustración de mirar escombros. Como no soy afín a la melancolía, debo admitir mi derrota; aunque el desierto quede más al sur, noto llenos de arena los bolsillos del alma. Tánger es una ciudad para nostálgicos. O para olvidadizos. Desde luego, yo no podría vivir aquí más de unos días.
He encontrado a personas sencillas que me prestaron su ayuda (el dependiente de la librería que puso unas marcas en mi plano de la ciudad, el joven tuerto de la tienda de ultramarinos que me condujo a la casa de Bowles, el pastelero que descolgó el teléfono para preguntarle a una vecina dónde quedaba el piso de Chukri) y he huido de otras que sólo veían en mí un monedero con patas. Me han mirado con franqueza y he mirado con franqueza. Me han mirado con desconfianza y he mirado con desconfianza. En eso no está siendo muy diferente de otros sitios. Entonces, ¿por qué me resulta tan opaca?
Vine por primera vez hace unos 20 años, y me fui sin entender. No estaba maduro. Esta vez me creía en mejores condiciones de percibir, de leer las entrelíneas, pero me encuentro con la imposibilidad de penetrar tanta puerta cerrada.
Ya me imagino volviendo a esta ciudad en la que me siento un extraño, donde no me queda más respuesta que la insistencia.

9-B, de Juan Carlos Méndez Guédez

Posted on 01/02/2009 in 7, periódico, Prosa de hoy by Paréntesis

Las noches de mi hermana Sylvia eran la condensación de sus dos miedos: el del asma y el de los ladrones. Así que antes de acostarse se despedía de todos nosotros y colocaba bajo su almohada la pequeña pistola y el atomizador.
Es aquí donde surgen los elementos y las circunstancias que puedes utilizar para alguno de tus cuentos.
Algo en los gestos de Sylvia dominaba la diferencia entre uno y otro objetos. No importa qué tan dormida estuviese, ante un ruido extraño en la casa, sus manos tomaban con seguridad el arma; y si por el contrario sufría un ataque respiratorio, sus dedos apretaban con firmeza el pequeño instrumento médico.
La noche que te relato, yo pude observar por primera y última vez el ejercicio inmediato de esa gestualidad.

Era una madrugada decembrina que se colocó sobre las ventanas como una fría gasa tras la cual se ocultaba la respiración de la montaña. Caminaba por el recibo tratando de tranquilizarme, pues los perros quebraban la brisa con sus aullidos, y una humedad pastosa se hincaba sobre los brazos y las piernas.
En un momento dado pensé pedir compañía a mi hermana. Me deslicé hasta su cuarto y sin golpear abrí su puerta. La descubrí en el exacto inicio de un ataque: los labios abiertos, los bronquios alterados en un filoso silbido. Fue así como pude observarla empujando con furia su almohada para distinguir entre la sombra neutra los dos objetos. Vi entonces cómo su mano se irguió hasta la boca y pulsó aquella explosión líquida, aquel olor inconfundible.
Es probable que estés pensando que el posible interés de esta historia consistía en la equivocación de mi hermana, en su imprevisto suicidio. Pero ya ves, aquella noche como tantas otras, Sylvia tomó en el momento justo el atomizador; y dejó a un lado el arma. Nada especial sucedió, aparte del regaño por mi abrupta aparición.
De lo que puede deducirse, estimado Gabriel, que la realidad es mucho menos dada a los finales sorpresivos que la estructura visible de tus cuentos.

Virgilio Piñera

Posted on 01/02/2009 in 7, periódico, Prosa de siempre by Paréntesis

EL INFIERNO

Cuando somos niños, el infierno es nada más que el nombre del diablo puesto en la boca de nuestros padres. Después, esa noción se complica, y entonces nos revolcamos en el lecho, en las interminables noches de la adolescencia, tratando de apagar las llamas que nos queman –¡las llamas de la imaginación!–. Más tarde, cuando ya nos miramos en los espejos porque nuestras caras empiezan a parecerse a la del diablo, la noción del infierno se resuelve en un temor intelectual, de manera que para escapar a tanta angustia nos ponemos a describirlo. Ya en la vejez, el infierno se encuentra tan a mano que lo aceptamos como un mal necesario y hasta dejamos ver nuestra ansiedad por sufrirlo. Más tarde aún (y ahora sí estamos en sus llamas), mientras nos quemamos, empezamos a entrever que acaso podríamos aclimatarnos. Pasados mil años, un diablo nos pregunta con cara de circunstancia si sufrimos todavía. Le contestamos que la parte de rutina es mucho mayor que la parte de sufrimiento. Por fin llega el día en que podríamos abandonar el infierno, pero enérgicamente rechazamos tal ofrecimiento, pues, ¿quién renuncia a una querida costumbre?

NATACIÓN

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogado de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos. No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo. Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.